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Salvador de Bahia, un encanto de lugar

19 de febrero de 2010

Tras pasar por un túnel de cañas de bambú hicimos nuestra entrada a Salvador de Bahía, donde pasaríamos unas vacaciones inolvidables. Si bien, en la camioneta que nos llevaba al hotel, había un pasajero que ya no era la primera vez que estaba de visita, me negué a prestarle atención a sus comentarios, era como te contaran la película antes de verla. Preferí mirar por la ventana y descubrir por mi mismo lo que ese lugar tenía para contarme. Una de las cosas que me llamo la atención fueron las favelas, todas construidas en forma desordenas, unas encima de otras, sobre los morros, con pasajes estrechos que se pierden en un laberinto que solos sus habitantes conocen.

Con ojos inquisitivos observe el palacete que levantó “los pare de sufrir”… si Judas vendió a Jesús por treinta monedas de plata, estos lo venden todos los días en miles y miles de dólares. El Iscariote es un bebe de pecho al lado de estos tigres.

Junto con antiguas y señoriales edificaciones como el ministerio de cultura y la casa de los italianos, conviven modernos edificios de apartamentos, reflejando el sincretismo de estilos arquitectónicos, haciendo de Salvador de Bahía una ciudad muy atractiva.

Pasamos por el dique del Tororó y en medio del lago están las imágenes de las divinidades más importantes del candomblé, los Orixas.

Al llegar a la rambla las aguas verdes jade, las palmeras y sus playas me dejaron fascinado, extasiado, me sentí afortunado de admirar ese paisaje que se mostraba generosamente.

Salvador al haber sido en la antigüedad un importante centro de tráfico de esclavos, por eso, no es de extrañar que la mayoría de los habitantes sean de origen africano.

Los bahianos son gente muy simpática, servicial, siempre regalándonos una sonrisa y vale también decirlo, derrochan sensualidad. Me acordé mucho de las novelas de Jorge Amado, como Gabriela, Clavo y Canela, Doña Flor y sus dos Maridos y Tieta de Agreste. Por momentos creí ver algunos de esos personajes caminando a mi lado por el Pelourinho.

Los negros trajeron consigo no solo su fuerza de trabajo, sino que, también sus costumbres, sus credos, sus valores que se mezclaron con la cultura europea y nativa, dándole a Salvador de Bahía ese toque encantador.

Apenas dejamos las valijas en el hotel, salimos a recorrer la rambla, donde los jóvenes practicaban clavados, refrescándose y divirtiéndose a lo grande, ante nuestra envidiable mirada.

Para llegar al Farol de la Barra, tuvimos que sortear una legión de vendedores ambulantes donde tuve que ponerme firme sino iba a terminar como una momia envuelto de cintitas de “Nuestro Señor do Bon Fin”.

Lo que ellos nunca esperaron que Mariela les regateara el precio hasta obtener grandes descuentos, terrible negociante resulto mi señora. Al final me terminaron dando pena, cara les costo la osadía. Los vendedores callejeros son pesados como sopa de chumbo, pero no son peligrosos, tenes que poner firmeza para decir no y si te gusta algo, regatear con igual firmeza. Eso sí, un consejo, no saques la billetera, lleva unos reales en el bolsillo, como cuando vas a la Feria de Tristan Narvaja.

Una vez a salvo de los vendedores, entramos al Farol da Barra, una antigua construcción convertida en museo naval, en donde se exhiben mapas antiguos, sextantes, brújulas, restos de naufragios y maquetas de barcos.

(continuará...)